Días después de que Roberto Bolaño se reencarnara en calle, almorcé con Patti Smith en Barcelona, en un absurdo restaurante de barrio disfrazado de saloon western con fotos de forajidos y alguaciles en las paredes.

Allí, de nuevo, volvía a comprobar lo inquietante que resulta que los grandes de verdad sean tan sencillos y relajados y los microbios de mentira siempre se paren en puntas de pie para salir más altos de lo que son en la foto, en cualquier foto.

Allí, hablé de muchas cosas con Patti Smith (de, por ejemplo, su paso como empleada/esclava en la mítica librería The Strand) y de una cosa en particular (“Rodrigo, piénsatela bien porque te advierto que la próxima será tu última pregunta sobre Bob Dylan”, me dijo mientras mordisqueaba una ensalada).

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